Era de noche en la bella Roma. Adrien revisaba unos documentos, pero su mente estaba invadida de la imagen del hombre con el que había hablado en el día.
Harto de no poder concentrarse en lo que debía revisar, lanzó los documentos al escritorio y dijo:
—Enrico, ¿sabes dónde está mi esposa?
—¿Señor?
—Sí, pregunto si sabes dónde se encuentra mi esposa.
—¡Oh, sí! La señora está en su casa, ¿quiere que lo llevemos a casa? Ya es tarde, debería descansar.
—Sí, vamos, ya no tengo cabeza para nada, llé