Capítulo 78 — Padre e hija
El jardín estaba en silencio, pero no el silencio tenso de las armas ni el de las reuniones clandestinas, sino uno más frágil, casi tímido, como si el lugar mismo contuviera la respiración. Anastasia permanecía de pie junto a la fuente de piedra, con los brazos cruzados, mirando el agua sin verla realmente. Había aceptado esa nueva conversación después de días de insistencia, no por debilidad o por cansancio. Quizás lo había hecho por una curiosidad dolorosa que nunca