YELENA
—¿Cuándo escondiste la cámara de la que ni siquiera sabía? —pregunté, poniéndome de pie mientras él se hundía en la silla, tranquilo e imperturbable, mientras yo ardía de rabia.
—Cuando saliste de tu oficina ese día… el día que me dijiste que me fuera por Livia —dijo con voz suave, como si nada, como si fuera un martes cualquiera.
Me crucé de brazos, frunciendo el ceño. —Yo no te pedí que lo hicieras. ¿Entonces por qué lo hiciste? —Mi voz se elevó un poco, punzante por la irritación. Su