(Alessandro)
Llegué a casa pasada la medianoche. El silencio del salón parecía más alto que el motor del coche durante el trayecto. Dejé las llaves en el aparador de la entrada y lancé la chaqueta sobre el sofá, sin mucha ceremonia. Mi cabeza era un caos. Entre Enzo, Larissa, Cauã… no quedaba espacio para nada más.
O casi nada.
—Has tardado —escuché la voz de Chiara desde el pasillo, suave, pero con ese tono de reproche disfrazado.
La miré un segundo, pero seguí andando. Solo quería subir, darm