Tras un destello rojizo, Reina Maray apareció frente a la imponente y antigua mansión donde, hace poco más de cinco años, se había reencontrado con su madre.
La mansión, ahora restaurada y aseada por los lobos de Noche Carmesí durante su estancia en el territorio, brillaba magníficamente aquella madrugada, bañada por la luz plateada de la Luna.
Sin dudarlo, Maray ingresó a toda prisa.
Apenas cruzó la entrada principal, dos hombres lobos que hacían guardia la recibieron con una reverencia.