Kate:
Había unos cinco guardias apostados en la celda. Avancé de puntillas pasando junto a ellos, esperando que no me vieran. Pero, por desgracia, uno lo hizo. Un rubio alto de ojos penetrantes.
—¡Oye, detente!
Me congelé y me mordí el labio.
Esperaba no tener que hacerlo por las malas.
Se levantó y caminó hacia mí, evaluándome.
—Nadie tiene permitido entrar aquí. Lárgate.
Esbocé una sonrisa, parpadeando hacia él.
—¿Por qué no finges que no me viste? Solo esta vez.
Su expresión se endureció.
—V