No me cabía duda de que el lugar donde había estado no era de este mundo.
No solo porque Sean había estado allí, confundiéndome al hablar de una persona misteriosa que me vigilaba, sino porque el concepto de dolor había sido fugaz e inalcanzable. La paz que flotaba en el aire, brillando con la misma intensidad que la magia entretejida para crear un lugar que era a la vez real y un recuerdo, solo podía pertenecer a algún tipo de vida después de la muerte.
Al menos, eso era lo que esperaba.