Estaba tan insondablemente cansada de la muerte.
El jinete pálido y yo nos conocíamos íntimamente. Éramos compañeros en una danza de la que ya no recordaba los movimientos, una que deseaba que terminara ya pero que sabía que nunca lo haría.
Había tantos lobos caídos. Tantas familias que contactar, tantos golpes devastadores que asestar.
Tantas, si no más, brujas tiradas por el suelo.
Tenían amigos, de seguro. Familias que se preguntarían dónde estarían o si volverían alguna vez. Alguien