“Si se lo dices a alguien, no verás ni un centavo de tu herencia cuando me haya ido”. La abuela entrecerró los ojos, pero la mueca que formaba con sus labios hizo que la débil amenaza fuera ineficaz.
“Ni siquiera sabía que teníamos una herencia”. Resoplé mientras me paraba a su lado en la cocina.
Como había hecho cientos de veces cuando vivíamos en la casita, comencé a juntar los tazones y sartenes sucios que se acumulaban en el fregadero mientras ella horneaba. Una fina capa de silencio nos