Cindy se estremeció de horror, no tenía ni idea de si él había oído sus últimas palabras, y rezó para que no lo hubiera hecho.
—Vale mamá, ya me tengo que ir. Cuídate, ya te llamaré —dijo enfáticamente alegre y colgó rápidamente el teléfono.
—Mi mamá —sonrió entonces disculpándose con Miguel Ángel y señalando el teléfono—, tenía que decirle al menos que estaba bien por un minuto.
—Claro —asintió y cerró la puerta tras de sí. Se acercó a ella y colocó un paquete envuelto en papel de aluminio