Miguel Ángel y Cindy pasaron otra acogedora tarde de viernes. Se sentaron en el sofá, acurrucados, hablando, tonteando y abrazándose. Siguió una noche apasionada y tierna, durante la cual Cindy se puso de vez en cuando tan ruidosa que Miguel Ángel tuvo que taparle la boca.
—Quizá deberíamos ir de compras más tarde y comprarte una mordaza —sugirió con una sonrisa la otra mañana después de despertarse. —Me sorprende que la Sra. Atkins no haya llamado a la policía esta noche con todos tus gritos.