—Señor Fernández, ya puede soltar su mano —dijo Lucía.
Jorge sonrió, como si apenas se diera cuenta, pero en lugar de soltarla, su mano que apenas la rozaba se afianzó firmemente sobre su hombro. Era delgada, frágil, y aun a través del plumón podía sentir sus huesos. El suave perfume de la joven se coló inevitablemente en su nariz, tensando todo su cuerpo.
Sin embargo, al siguiente momento Lucía se escabulló ágilmente de su agarre con un giro. Jorge reaccionó rápido y extendió su brazo para inte