—¿Entonces les diste tu contacto? —preguntó el tutor.
—No.
—¿A ninguno?
—A ninguno.
¡Vaya! Ahora entendía todo: la chica ni siquiera estaba interesada en ellos y aun así se habían peleado.
El tutor, siendo razonable, reconoció que Lucía no tenía la culpa; eran los estudiantes quienes se habían comportado inmaduramente.
—Puedes irte, no hay problema.
Desde entonces, Lucía dejó de ir a la cafetería. Pedía comida a domicilio o le encargaba a Talia que le trajera algo. Por fin encontró algo de paz.