Lucía asintió: —No hay problema.
—Gracias.
Apenas entró, el aire acondicionado le golpeó el rostro, era un mundo completamente diferente a su casa. No era la primera vez que venía, así que Daniel se cambió a las pantuflas con familiaridad.
Lucía fue a la cocina y le sirvió un vaso de agua. Ya eran las cuatro de la tarde, y aunque suponía que ya habría almorzado, preguntó amablemente:
—Profesor, ¿ya almorzó?
—Sí, ya comí.
—Entonces... ¿le gustaría algo de fruta? Acabo de pelarla —dijo, volviendo