Sin embargo, cuando ambos miraron, no había ninguna Lucía.
Manuel se encogió de hombros: —¿De qué otra forma iban a detenerse?
—Todos somos adultos, ¿no podemos resolver los problemas de una manera menos infantil?
Jorge: —Él perdió los estribos y atacó primero.
Mateo: —¡Porque se lo merecía!
—Ya basta, cálmense los dos. Si Lucía aparece de verdad, ninguno saldrá bien parado.
Jorge apretó los labios.
Mateo se quedó en silencio.
Diego tuvo una idea: —Vamos al hospital a tratar esas heridas.
Mateo: