El reloj de la cámara marcaba las 18:00 horas, y en la enorme sala, Lucía estaba sentada sola en el sofá.
Mateo supo con solo una mirada que ella esperaba su regreso.
No veía televisión ni usaba el celular, solo estaba sentada ahí, como una rosa marchitándose.
Ahora entendía que esa "sensación de hogar" que tanto le gustaba —esa luz siempre encendida en la sala sin importar a qué hora volviera— se conseguía gracias a una mujer que día tras día lo esperaba con paciencia infinita, sacrificando inc