Miranda terminó de cerrar la cremallera de su maleta con un movimiento seco.
Tomó la maleta por el asa.
Sin embargo, justo cuando estaba a punto de salir, la puerta del dormitorio se abrió de golpe con un estruendo que hizo temblar las paredes.
—¡Bang!
Miranda dio un respingo.
Se giró por instinto.
Su corazón dio un vuelco.
En el umbral se encontraba Joaquín Kirland.
Su respiración era agitada y sus puños permanecían cerrados con tanta fuerza que los nudillos habían perdido el color.
Pero lo que