Cuando salieron del edificio, Miranda caminó junto a sus hijas mientras Ruggero las esperaba cerca del automóvil.
Las niñas estaban emocionadas.
Habían pasado toda la tarde hablando de la cena, del pastel y del hermoso lugar al que iban a ir.
Miranda sonreía al verlas tan felices.
—¿Ya están listas?
—¡Sí, mamita! —respondieron las gemelas al mismo tiempo.
Subieron al automóvil.
Pero ninguno de ellos se dio cuenta de que no estaban solos.
A unos metros de distancia, Joaquín observaba la escena de