Esa mañana, el desayuno transcurrió como de costumbre. En silencio y con cierta tensión.
Había una silla vacía, la del segundo hijo de la familia, Sebastian Alfred Reinard.
—¿A qué hora llegaste anoche? —preguntó Selene, mirando a su hijo mayor, Reginald.
—A las diez.
Reginald respondió brevemente sin levantar la mirada.
Selene dirigió entonces su atención hacia Diana.
—¿Tú también, Diana?
Diana asintió con una pequeña sonrisa.
—Sí, mamá.
Kyle y Felicia miraron de inmediato a Diana.
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