Un sonido seco resonó en la habitación. El rostro de Michael ardió con el golpe de su madre, una marca roja brillando en su mejilla. Quedó helado, mirándola con incredulidad mientras ella levantaba la mano de nuevo.
—¿Acaso no estoy diciendo la verdad? —preguntó con amargura.
—¿Cómo te atreves a hablarme así? —la mano de Miranda tembló, pero esta vez la dejó caer. La furia en sus ojos titilaba, empañada por la pena y el remordimiento. Había perdido el control. Había golpeado a su propio hijo.
Y