El rostro de Diana se tornó pálido. Su estómago se revolvía. Aunque antes había logrado escapar rápidamente al baño, los hombres no estaban dispuestos a darle un respiro. Se sentía hinchada, con un sabor amargo persistente en la boca. Dudó, suplicando con la mirada.
—Señor Davis, yo…
El hombre perdió la paciencia.
—¿Qué? ¿A ellos les obedeces sin rechistar y conmigo vacilas? ¿Intentas hacerme quedar en ridículo? ¿O acaso prefieres su compañía a la mía?
Sus palabras estaban cargadas de amenaza.