CAPÍTULO 2:: EL SILENCIO QUE GRITA

Un paso. Dos. Tres. Alejandro se alejaba cada vez más rápido, y con cada paso que daba, sentía cómo una parte de mí se desgarraba y se quedaba tirada en el suelo de mármol frío de la catedral. Al principio caminaba rápido, tenso, como si algo lo empujara por dentro; luego, cuando ya pasó la mitad de la nave central, empezó a correr. Corría de verdad, con el traje arrugándose, la respiración entrecortada, sin importarle nada ni nadie: ni el sacerdote que se había quedado mudo con el libro abierto en el aire, ni sus propios padres que lo llamaban por su nombre con la voz rota de la sorpresa y la vergüenza, ni yo. Nunca me miró atrás. Ni una sola vez.

El silencio que cayó sobre la iglesia en ese momento fue más fuerte, más ruidoso y más doloroso que cualquier grito. Cientos de personas, todas en silencio absoluto. Solo se oía el eco fuerte y seco de sus zapatos de cuero golpeando el suelo, y luego, con un estruendo que retumbó hasta en los vitrales, la gran puerta de madera maciza se abrió de golpe. La luz cegadora del sol de mediodía entró de golpe, dibujando su silueta de pie en el marco, y entonces lo vi todo claro.

Allí afuera, sobre los escalones de piedra, esperaba ella.

Camila.

No se había quedado al fondo mirando. Se había movido sigilosamente mientras todos tenían los ojos puestos en él, y ya estaba afuera, parada con los brazos cruzados sobre el vestido negro ajustado, el cabello rubio brillando bajo el sol, la postura de quien sabe que ha ganado antes siquiera de empezar la partida. No corrió hacia él. No tuvo necesidad. Él fue directo a ella como un sonámbulo, como si una cuerda invisible atada a su pecho lo estuviera jalando con fuerza descomunal. La tomó del brazo con desesperación, le habló rápido, con la cara descompuesta por el pánico, y ella solo movió la cabeza muy despacio, con esa calma fría y calculadora que siempre la caracterizó, y luego le dio la espalda a la iglesia, a mí, a todo, y caminó hacia el auto negro y brillante aparcado en la entrada.

Él la siguió.

Subió detrás de ella. La puerta se cerró de un portazo. Y el auto arrancó y se perdió por la avenida, dejando atrás una nube de humo gris, y a mí, sola frente a un altar vacío, con un vestido blanco que de repente me pareció el traje más ridículo y pesado del mundo entero.

Ahí fue cuando el silencio se rompió del todo.

Empezó como un zumbido bajito, casi imperceptible, y fue creciendo, creciendo, hasta llenar cada rincón del templo: murmullos, susurros, preguntas ahogadas, exclamaciones de sorpresa, comentarios que llegaban hasta mis oídos afilados como cuchillas de afeitar.

—Dios mío… ¿se fue? ¿En serio la dejó plantada?

—Claro que se fue… todos sabían que nunca superó a Camila. ¿Cómo se le ocurre casarse con otra si el corazón lo tenía allá?

—Pobre Valeria… qué humillación tan grande, delante de todo el mundo.

—Pero bueno, también hay que ser realista… ella siempre fue la segunda opción, ¿no? Él solo estaba con ella por costumbre, hasta que la verdadera volvió.

—Mira nada más, la amiga de toda la vida… vaya traición. Dicen por ahí que ha regresado con muchísimo dinero, de negocios muy poderosos…

Cada frase era un golpe directo al pecho. Sentía que me faltaba el aire, que el corsé del vestido me apretaba tanto que me iba a desmayar en cualquier segundo, que las cientos de miradas clavadas en mi espalda, en mi rostro bañado en lágrimas que ya no podía contener, me estaban quemando viva. Mis manos colgaban inertes a los lados del cuerpo, todavía sentía el calor fantasma de la mano de Alejandro entre las mías, y ahora solo había frío. Mucho frío.

Escuché el sollozo desgarrado de mi madre a mi izquierda, y el paso pesado y airado de mi padre que caminaba hacia los padres de Alejandro, exigiendo explicaciones que nadie tenía, o que nadie se atrevía a dar. Don Armando Ruiz, el hombre más poderoso y respetado de la alta sociedad, estaba pálido, con la mirada baja, la frente arrugada por la vergüenza y la furia contenida. Su esposa lloraba en silencio, tapándose la boca con un pañuelo de encaje. Todos tenían una cara de circunstancias, de lástima, de pena ajena… y yo odié esa mirada más que nada en el mundo. Odié que me miraran como a algo roto, como a una víctima, como a la niña tonta que creyó cuentos de hadas y terminó humillada delante de todos.

—Valeria… mi amor, ven, vámonos de aquí, por favor.

La voz suave y temblorosa de Sofía me sacó por un instante del pozo donde me estaba hundiendo. Era mi mejor amiga, la única persona que desde el primer momento no me miró con lástima, sino con rabia pura y dura en los ojos. Se acercó corriendo desde la primera fila, me quitó el velo de encima de la cara con delicadeza, me secó las mejillas empapadas con sus propias manos y me rodeó los hombros con fuerza, intentando cubrirme, protegerme del mundo entero que nos observaba.

—No te quedes aquí ni un segundo más —me susurró al oído, con la voz quebrada por la rabia—. No mereces esto, ni un poquito. Él es un idiota, ella es una serpiente, y ninguno de los dos vale ni una lágrima tuya. Vamos. Salgamos.

Me tomó de la mano y empezó a caminar suavemente hacia la salida, guiándome entre las filas de invitados que se apartaban a nuestro paso, como si tuviéramos una enfermedad contagiosa. Seguía escuchando los comentarios, las miradas, los susurros que me perseguían paso a paso. La abandonada. La segunda opción. La ingenua. La que nunca debió estar ahí.

Y justo en el momento en que estábamos a mitad de camino, cuando sentí que ya no podía más, que mis piernas no me iban a sostener ni un paso más y que me iba a desplomar allí mismo en medio de todos… algo dentro de mí hizo CLIC.

Como si un interruptor se hubiera movido de golpe en lo más profundo de mi alma. El dolor inmenso, desgarrador y ciego que me estaba matando, de repente se transformó. Se endureció. Se volvió frío, afilado, sólido como el acero. Dejé de temblar. Enderecé la espalda con toda la fuerza que me quedaba, hasta que sentí que cada vértebra hacía crujir. Me solté muy suavemente de la mano de Sofía, me sequé las lágrimas de las mejillas de un solo manotazo brusco, levanté la barbilla lo más alto que me fue posible y miré al frente, directo a la puerta por donde se habían ido los dos hacía apenas minutos.

Ya no lloraba.

Caminé el resto del camino sola, sin ayuda, paso firme, la cabeza en alto, el vestido blanco arrastrando largo por el suelo, sin bajar la mirada ante nadie. No corrí. No me escondí. Pasé al lado de los padres de Alejandro, al lado de mis propios padres confundidos y doloridos, al lado de todos los que minutos antes hablaban de mí en voz baja, y no miré a ninguno a los ojos. No tenía nada que explicar. Nada que pedir perdón. Nada de qué avergonzarme. La vergüenza no era mía. Era de ellos.

Mientras cruzaba el marco de la gran puerta de madera y el sol caliente de julio me golpeó de lleno en la cara, grabé con fuego cada palabra de un juramento que salió de mi pecho en un susurro tan bajo que solo yo pude oírlo, pero que sentí grabado para siempre en cada célula de mi cuerpo:

—Me dejaste sola hoy. Me humillaste delante de todos. Me trataste como la opción de sobra, la que se usa mientras llega la que realmente quieres. Te juro por lo que más quiera, por mi madre, por mi vida, por todo lo que soy… nunca, jamás en la vida, volveré a ser la segunda opción de nadie. Nunca más nadie me hará sentir pequeña, ni rota, ni invisible. El día que nos volvamos a encontrar, Alejandro Ruiz… seré yo quien tenga todo el poder. Y tú serás el que suplique por lo que tiraste a la basura.

Me detuve un instante en el escalón más alto, respirando hondo el aire caliente de la calle, lista para bajar y subirme al auto de Sofía y desaparecer de esa ciudad para siempre… cuando de repente sentí una mirada.

Una mirada muy pesada, muy intensa, muy distinta a todas las demás. No era lástima. No era curiosidad. No era burla. Era algo profundo, sereno, fuerte, que me recorría entera de pies a cabeza.

Giré la cabeza muy despacio hacia la acera de enfrente, al final de la calle, donde estaba aparcado un automóvil todoterreno negro, grande, oscuro y con los cristales casi totalmente opacos. Solo el del lado del conductor estaba un poquito bajado, lo justo para ver la mitad de un rostro: piel morena clara, mandíbula marcada y fuerte, con una pequeña cicatriz blanca que cruzaba de lado a lado justo debajo del labio inferior, y unos ojos oscuros, profundos y penetrantes, clavados fijamente en mí.

No movió un músculo. No saludó. No hizo nada. Solo seguía mirando. Y en ese instante, sin saber por qué, sin saber quién era ni qué hacía allí, tuve la certeza absoluta de que ese hombre lo había visto absolutamente todo. Y que a partir de ese día, nada en mi vida volvería a ser igual.

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