Media hora después, la cena ya estaba casi lista. No era la mejor cocinera del mundo, y la mayoría de las veces cocinaba fatal, pero se defendía bien con pasta y ensalada, y no sería lo mismo si hubiera pedido comida a domicilio. Por suerte, Javier se contentaba con poco. Un hombre corpulento que entrenaba cinco días a la semana, comía prácticamente cualquier cosa que le pusieran delante, sobre todo si iba acompañada de una copa de buen vino.
Aunque la mesa del comedor tenía capacidad para diez