CAPÍTULO 39. Una trampa
Victoria se miró al espejo. Llevaba un vestido de un celeste muy claro que rozaba el suelo, y sobre el antebrazo una mantilla del mismo color, para cubrirse la cabeza en la iglesia. Había preparado aquel día a la perfección, y Franco también lo había hecho.
La mansión había sido cableada hasta la última habitación, había más micrófonos que en un karaoke y más cámaras que en el Pentágono; pero eso garantizaba que el plan de Franco diera resultado donde quiera que se vieran obligados a llevarlo a