Inicio / Romance / ATRAPADA EN EL MATRIMONIO DEL MAGNATE / CAPÍTULO 4: GRIETAS EN LA ARMADURA
CAPÍTULO 4: GRIETAS EN LA ARMADURA

El ascensor privado del penthouse se abrió en absoluto silencio. La atmósfera dentro de la cabina de cristal se había mantenido tan densa durante el viaje de subida. En cuanto las puertas se deslizaron, salí disparada hacia la sala principal, queriendo ganar distancia. El tejido de seda roja de mi vestido se sentía como una marca ardiente sobre mi piel, un recordatorio físico del beso devorador que Manuel me había plantado frente a la junta directiva y a su ex-prometida Carol.

Escuché sus pasos firmes y pausados detrás de mí. El eco de sus zapatos contra el mármol marcaba un ritmo marcial, implacable, que aceleró mis propios latidos.

—¡Eres un cínico, Manuel! —exclamé, girándome de golpe en medio de la inmensa estancia para enfrentarlo. Mi respiración era agitada, y mis manos temblaban por una mezcla de rabia pura y una electricidad prohibida que me negaba a aceptar—. Eso no fue una actuación para las cámaras. Cruzaste la línea. Violaste la regla número cuatro de nuestro pacto privado.

Manuel se detuvo a tres pasos de mí. Con una calma, se desabrochó el botón superior de su saco azul medianoche y se aflojó el nudo perfecto de su corbata oscura. Su rostro esculpido en piedra seguía siendo una máscara de absoluta frialdad corporativa, pero sus ojos oscuros brillaban con una intensidad salvaje que desmentía su calma.

—Hice exactamente lo que el mercado y la prensa exigían para proteger tus Hoteles Medina, Johana —respondió Manuel, con su voz descendiendo a un tono peligrosamente bajo y pausado—. Carol Sterling estaba a un segundo de filtrar a los reporteros que nuestra unión era un fraude legal para inflar las acciones. Si no hubiera cerrado su boca y la de los directores con ese beso, mañana tu fideicomiso valdría la mitad. Deberías agradecérmelo en lugar de armar una rabieta de universitaria en mi sala.

—¿Agradecértelo? —solté una carcajada amarga, dando dos pasos firmes hacia él, desafiando su imponente estatura—. No me vengas con tus discursos financieros de tiburón. Sé perfectamente la diferencia entre un beso protocolar y el hambre con la que me sujetaste contra tu cuerpo. Me tocaste, Manuel. Tus manos se clavaron en mis caderas a través de esta seda. Mañana mismo hablaré con mi abogada para activar la cláusula de destrucción mutua asegurada. Prepárate para transferirme tu fortuna multimillonaria por tu falta de autocontrol.

Manuel soltó una risa seca, carente de cualquier rastro de humor. Dio un paso al frente, eliminando por completo la distancia de seguridad entre los dos. Su calor corporal me envolvió de inmediato como una ola de fuego, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. Su aroma a sándalo, madera y masculinidad pura me inundó los sentidos, aturdiéndome.

—Lee la letra pequeña del documento que firmaste esta mañana —susurró Manuel, acorrolándome con su sola presencia física—. La penalización financiera solo se aplica si el contacto físico ocurre en la intimidad y privacidad sin un motivo corporativo justificado. Fuera de estas paredes, ante el escrutinio público, el contrato me obliga a reclamarte como mía de la forma que sea necesaria para mantener las apariencias. No he violado ninguna regla. Mi dinero sigue intacto... y tus hoteles también.

Me quedé sin palabras, apretando los puños con una frustración que me quemaba el pecho. El canalla lo había planeado todo. Había usado un tecnicismo legal para saborear mis labios y posesionarse de mi cuerpo sin arriesgar un solo centavo de su imperio.

—Eres un monstruo calculador —siseé entre dientes, sosteniéndole la mirada de acero con todo el orgullo que me quedaba—. Planeas cada movimiento como si fuera una transacción. Pero te equivocas si crees que me has domado. Este año va a ser una tortura para ti, Alvarado. Porque cada día que pases viviendo conmigo en este departamento, me encargaré de recordarte lo que deseas y lo que jamás vas a poder tener en esta intimidad.

Manuel no se apartó. Al contrario, su mirada oscura bajó lentamente hacia mis labios, deteniéndose en ellos con una fijeza peligrosa que delataba el tremendo esfuerzo que hacía su disciplina por no romperse en mil pedazos. Vi cómo la línea de su mandíbula se tensaba al límite y cómo una de sus manos grandes flotó a un milímetro de mi espalda descubierta, conteniéndose por puro orgullo.

—Estás jugando un juego muy peligroso, Johana —advirtió Manuel, y por primera vez escuché una ligera vibración de vulnerabilidad y deseo reprimido en su tono frío—. Crees que tu rebeldía es un escudo, pero tu vestido rojo y tus provocaciones solo están acortando mi paciencia. No tientes a la bestia en su propia jaula, porque si llego a perder el control en este pasillo, las consecuencias legales serán lo último que te preocupe.

Sostuve el aliento. La tensión sexual en medio de la sala se volvió tan densa y asfixiante que el aire pareció evaporarse. Deseé que rompiera su propia regla, que dejara caer su armadura de hielo y me demostrara el fuego que ocultaba detrás de sus números y finanzas. La atracción biológica mutua era un hecho innegable, una corriente eléctrica que nos arrastraba al abismo a pesar del odio y las diferencias de personalidad.

Manuel rompió el contacto visual de golpe, dando un paso atrás y recuperando su máscara de imperturbable frialdad corporativa en un segundo. Se ajustó los puños de la camisa con movimientos mecánicos.

—La cena de hoy cumplió su objetivo. Las acciones de la fusión abrieron al alza en los mercados internacionales —declaró, volviendo a su tono neutro de negocios—. Mañana tienes clases en la facultad de arte a primera hora. El chofer te esperará abajo a las ocho en punto. No quiero más retrasos por berrinches. Ahora, ve a tu habitación.

Se dio la vuelta y caminó con paso firme hacia su propio despacho, cerrando la puerta doble tras de sí con un golpe seco que retumbó en todo el penthouse.

Me quedé sola en medio de la inmensa estancia, respirando entrecortadamente mientras el calor residual de su cercanía desaparecía de mi piel. Me abracé a mí misma, sintiendo un escalofrío. Manuel Alvarado se creía un dictador invencible, pero esta noche había visto las primeras grietas reales en su armadura de hielo. Sabía perfectamente que el beso en el restaurante lo había desestabilizado tanto como a mí. La guerra doméstica apenas comenzaba, y yo me encargaría de que sus reglas de control fueran su propia condena.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP