La primera noche bajo el techo de Manuel Alvarado fue un anticipo del infierno de orden y pulcritud que me esperaba en ese penthouse. Pasé horas enteras despierta, mirando el techo alto y escuchando el silencio sepulcral del lugar, rota por la frustración de saber que había entregado mi libertad al hombre más implacable de la ciudad. Sin embargo, al amanecer, el dolor del luto por mi padre y la rabia acumulada de la noche anterior se transformaron en algo mucho más útil: una determinación firme de no dejarme domar por las garras del magnate.A las ocho en punto de la mañana, la pesada puerta de mi habitación vibró con dos golpes secos, firmes y autoritarios. El intruso no esperó a que le diera el pase legal ni el consentimiento para entrar. Manuel irrumpió en el cuarto vistiendo un impecable traje. Su sola presencia física, con esos hombros anchos y esa mirada afilada de cazador experto, pareció encoger las dimensiones del espacio de inmediato.—Buenos días, Johana —dijo Manuel—. Veo
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