Roman cumplió su promesa.
Esa misma tarde, una vez que ella pudo caminar sin fulminarlo con la mirada cada pocos pasos, la sacó de la villa.
No a cualquier parte.
A todas partes.
Le mostró Italia de la forma en que solo Roman podía: sin prisas e intencional. Restaurantes en acantilados con vistas a un azul infinito. Calles empedradas tranquilas donde parejas de ancianos se demoraban con espressos. Catedrales que se erguían como testigos silenciosos de siglos de devoción y traición.
Recorrieron