Max no se cansaba de besarla y ella de dejarse besar por él y también de acariciarlo. Podían estar así, juntos, concentrados en cada uno, por horas.
Encima de ella, él besaba su espalda, disfrutando de cómo su piel se erizaba con el toque de sus labios contra una tez que acababa de vivir episodios de erotismo puro.
«Qué bella es Carla, qué dispuesta, qué experta y preparada para mí», eran alguno de los pensamientos de Max durante o después de hacer el amor con ella.
Muchas fueron las agraciadas