—Max...
Eso fue más que suficiente para él, la mención de su nombre en ese delicioso jadeo le desquició. El beso se enervó, sus manos apretaron sus senos por encima de la ropa, buscando el borde de la blusa sin esperar que el mundo se acabara.
Carla alzó sus brazos, se dejó hacer, arrobada por sus caricias, necesitándolas como lluvia en el desierto. Tuvo que jadear, alzar su rostro como si quisiera sacar la cara de un mar embravecido. Los labios maestros de Bastidas, ardiendo, prendiendo fuego