ISAIAH
La noche cayó sobre la arboleda, oscura y densa. La quietud era tan absoluta que parecía antinatural, como si el mundo contuviera la respiración esperando que algo ocurriera. Estaba sentado en el borde de la arboleda sagrada de la manada, con la luna creciente proyectando hilos de luz plateada sobre el claro. A la mayoría les reconfortaría esta calma, pero no a mí. La paz me era extraña y venía acompañada de su propio tipo de dolor. Mi don, esta maldita «bendición», consistía en proteger