AKAEL
El olor de la sangre era una música tranquilizadora para mis oídos.
Se pegaba a mi piel, a mi aliento, incluso a mis pensamientos. El aullido de los lobos moribundos era ahora viento para mí, un murmullo bajo el palpitar de mi corazón.
Intentaron huir. Dioses, cómo corrían.
Pero yo me movía más rápido.
Mis garras se habían transformado hacía rato, húmedas con sangre que ya no era mía. Mis colmillos palpitaban con una furia que ya no podía clasificar. Había ido más allá de la razón. Más al