MARISSA
El bosque solía ser mi santuario, mi refugio. Cuando todo lo demás era demasiado —ser la compañera del beta se volvía abrumador, cuando la sobreprotección de Logan me asfixiaba, cuando la política y las amenazas me embrollaban la mente—, venía aquí. Fuera de las tierras de la manada, bajo árboles imponentes cuyos gruesos troncos guardaban secretos de siglos, podía respirar de nuevo.
Esta noche, sin embargo, estaba inusualmente quieto: ni viento, ni insectos, ni siquiera el trino rítmico