APOSTANDO AL AMOR
APOSTANDO AL AMOR
Por: andreyflor
1. Propuesta

—¿Quién es ella?

Se refleja el interés a través de las palabras, que se dirigen al único motivo por el cual se había detenido a ver dentro del bar.

—¿Por qué? —responde un segundo hombre, que a su lado como con sorna da un sorbo al Whisky—. ¿Es la elegida?

Están en lo que aparentan ser un bar, nocturno, con más de un centenar de rostros disfrutando el escenario que se asemeja ser el único interés del lugar. Mujeres y hombres no apartan la mirada de quién desde hace segundos había despertado la curiosidad, para bien o para mal, e incluso ha hecho que éste mismo no pueda quitar sus ojos de él.

—No creo que sea lo que estás buscando —el tono que usa el segundo hombre es de hastío, casi burlón.

La música entra en sus sentidos, a la par que entra ella al escenario. Comienza a brindar su servicio a todo aquel que observe. El bullicio de la multitud no se disipa, porque una mujer tan hermosa frente a frente es capaz de hacer sonreír y engatusar.

—Espera un momento —dice el hombre, alzando una de sus manos—. No es que sea elegida, es que sea lo necesario.

De tal manera hace reír al segundo hombre pero no responde nada más. Sus ojos siguen el lugar donde ella camina y entre sus dedos la barra se ciñe. Entonces comienza a moverse, entre el atuendo que exhibe sus piernas y el gran formado cuerpo moreno que se cuelga de la barra para manifestar su baile.

El espectáculo del pole dance de aquella mujer se presenta tal cual habían imaginado, con todo sus movimientos que se elevan con cada giro de pierna, cada mirada lasciva a los presentes y sonrisa pícara ante ellos. La flexibilidad de esta enigmática mujer deja anonadado a la multitud, por no ser que fascinada, y al compás de la música a su ritmo las manos elevan su cuerpo, y lo hacen girar, demostrando su cuerpo a la distancia que con el atuendo sublevan sus atribuciones.

Los alaridos de complacencia se oyen mientras completa su baile en la barra, cuando ha dado giros, y es hechizo para quien la vea, el espectáculo parece llegar a su fin con últimos y ciertos movimientos descendientes que hacen aplaudir y hacer que los devoradores de mirada se alcen para seguirla y pedirle más que aquel espectáculo.

Sin embargo, la mujer sólo da pasos hacia adelante en sus altos tacones, en sus firmes piernas a la vista, y la socarrona sonrisa que brinda a todos sus admiradores, se agacha cuando llega al final del pasillo y se estiran las manos con el fino dinero, en cantidades excelsas que dejan caer en su palma.

—Hoy es tu día de suerte, cariño —le dice a cierto hombre que embobado sonríe hacia ella.

—¡Suertudo soy ya! —exclama el hombre a su vez que ella sigue sonriendo y se levanta.

Los gritos de placer cuando la admiran son gigantescos y se sublevan una vez más cuando retrocede, desfilando con pasos hechizados para mantener la atención hasta que, finalmente, su número finaliza.

Tiene que parpadear cuando entre bailes desaparece junto a las demás mujeres, que alzan sus mismos rostros que atribuyen el deleite con severidad.

El segundo hombre había ya terminando su bebida. Se gira a contemplarlo, y lo nota mirar su reloj.

—Aún así, ¿Seguirás con esto? ¿Estás…—alza una ceja con indiferencia—, seguro de esto? No debes tomarlo a la ligera.

Se levanta, tomando su saco y el cigarro que coloca en sus labios. Echa una mirada hacia el hombre sin atribución de calma. Está inexpresivo ante lo dicho.

—Espera en el auto. Estaré ahí en unos momentos.

—Sí, Romeo. Ve por ella ante que Julieta se marche —expresa el segundo hombre—. Sólo te aviso que a veces la soberbia no es buena. Y mucho menos ahora, que debemos hacer todo al pie de la letra.

Sin embargo había dejado al otro hombre para dirigirse al lugar detrás del escenario.

En un instante, deja el cigarrillo y observa pasar a distintas mujeres hacia el cuarto de las presentaciones. Y una que otra risa se escapa detrás de aquellas mujeres. Pero la única que busca no la escucha.

Nota entonces que la hechizadora mujer sale desde un cuarto al final del pasillo, con lo que parece ser una cartera y un abrigo. Alza las manos y con la misma rapidez de encontrarla desaparece a través de la puerta.

Unos momentos más, la mujer se encuentra caminando por la calle trasera, rápidamente se ha puesto la bufanda, también prende un cigarro y sigue con los altos tacones mientras se encamina hacia la esquina. No obstante, oye los pasos detrás de ella, que se funde con los charcos del agua.

Por instinto tiene que girar. Y de tal manera se encuentra especialmente con alguien que enciende otro cigarro y se detiene cuando ella lo observa.

—¿Puedo ayudarte en algo? —pregunta. No ve otro motivo para que se acerque un extraño hacia ella. Y dice lo primero que se viene a la mente—. No ofrezco el servicio que estás pensando. Soy sólo una bailarina.

Y dispuesta a marcharse se gira.

—Tengo un trabajo para usted.

La respuesta la hace detenerse de golpe. Se vuelven a encontrar sus ojos, ahora con ella sonriendo.

Siguiéndole la corriente, reposa sus labios en la humarada.

—¿De cuánto estamos hablando?

—Cuatro —contesta el hombre.

La mujer de una vez queda paralizada en su sitio. Y entre risas niega con la mano.

—No estoy para estupideces así. Mejor márchate. —y vuelve a girarse.

—No estoy diciendo ninguna bobería. Es un sí o es un no —el hombre se acerca y se queda la mujer viéndolo más que impresionada—. ¿Es usted estadounidense?

Frunciendo los labios la mujer se cruza de brazos.

—Lo soy.

—Sólo necesito un servicio por un año —hace saber el hombre de la misma manera, indiferente—. Después de eso, tomará su paga y no quedará más que hacer el trámite del divorcio…

—¡Divorcio! —interrumpe la mujer con severidad—. ¿Cómo qué divorcio? ¿De qué carajos estás hablando?

—El servicio que pido, señorita, es uno solo.

Y la mujer observa como este hombre extrae de su bolsillo cierta caja. Abre sus ojos, anonadada.

—Que se convierta en mi esposa.

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