15. JUAN PABLO ACEVEDO, EMPRESARIO.
—¿Está seguro, don Noé? No quisiera que se sintiera obligada solo por la cercanía que tuvo con ese hombre.
—Con tu padre —responde don Noé, en su tono habitual de abogado defensor—. No fue su culpa ignorar tu existencia. Estoy convencido de que, de haberlo sabido, habría accionado de otra manera.
—Quizá, pero nunca lo sabremos —réplico, con la terquedad que me caracteriza—. Lo único que sé es que, gracias a usted, este viento de cambio está soplando.
Mis ojos se desvían hacia mi gente, que espe