El llanto de su hija la obligó a despertar. Ella estaba tan cansada que, antes de que gritara, no la lograba escuchar. Dejó la cama y caminó hasta esa cuna donde horas atrás había dejado a la pequeña Alexa, porque dormía tan profundamente que temía lastimarla mientras dormía o, peor, asfixiarla al caerle encima.
—Ya, ya, ya —hizo la castaña como si siseara, meciendo a la pequeña entre sus brazos antes de bostezar—, ya está aquí mamá, no pasa nada, no estás solita.
Y, dicho eso, caminó de regreso