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Arthur abrió los ojos de pronto, y se inclinó un poco hacia adelante. Necesitaba mantener todavía el contacto, cerciorarse de que no era un sueño, que no era el jodido anhelo jugándose una mala pasada al imaginarse todo aquello. Morgana le estaba pasando el último lengüetazo de manera lenta, que parecía una eternidad.
Tenía la piel enrojecida, el cabello húmedo pegado en la frente. Los labios hinchados y los ojos oscurecidos por la lujuria. Sobre todo su olor a mujer que lo es