SOREN
El silencio cayó como una maldición.
De esas que no solo llenaban una habitación, sino que la asfixiaban. Cada tic-tac del viejo reloj de pie en el pasillo parecía martillearme el cráneo.
Arriba se oía a mi madre caminar de un lado a otro, cajones que se cerraban de golpe y el sonido débil y entrecortado de sollozos que seguramente creía que nadie podía escuchar.
Cass estaba desplomada en el sofá, con la cara enterrada en las manos y los hombros temblando. Esas mismas manos que una vez ha