RILEY
Se podía cortar el aire dentro de ese coche y aun así no llegar al fondo de la tensión.
Nadie dijo una palabra cuando salimos del camino de entrada. El único sonido eran las ruedas triturando la grava, el ronroneo bajo del motor y algún que otro sollozo de Cassidy.
Soren agarraba el volante con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos y las venas de los brazos se le marcaban bajo la luz tenue del salpicadero. Tenía la mandíbula apretada y la mirada fija al frente, pero la