ADICTO A SU ESPOSA: El hombre que salvé es un CEO poderoso!
ADICTO A SU ESPOSA: El hombre que salvé es un CEO poderoso!
Por: Paulina W
C1- ¡CÁSATE O LO PIERDES TODO!

C1- ¡CÁSATE O LO PIERDES TODO!

—¡Tres meses, Savanna! ¡Cásate o lo pierdes todo! —Arthur Hayes bebió lentamente—. Y cuando digo todo, me refiero a todo.

—Encontraré un marido.

Arthur soltó una carcajada cruel.

—¿Tú? Por favor, sobrina—Bebió otro sorbo—. ¿Qué hombre se casaría con una mujer que grita como una histérica cuando la tocan? ¿Crees que no lo sé? ¿Crees que no conozco tu patética condición?

El comentario golpeó a Savanna como una bofetada. Las imágenes regresaron: manos ásperas, respiración pesada, el terror de aquella noche cuando tenía dieciséis años.

El hijo de un socio de su padre.

La fiesta.

La habitación oscura.

Su voz diciéndole que se callara.

—No sabes nada de mí —susurró.

—Sé que cada relación que intentas fracasa porque entras en pánico cuando un hombre te toca. —Arthur la miró con desprecio—. Tu terapeuta le contaba todo a tu padre. Y tu padre, en su ingenuidad, me lo contaba a mí. "Pobre Savanna", decía. "Mi niña está rota por dentro".

Savanna sintió náuseas. El trauma que había intentado superar durante años, ahora estaba expuesto como una debilidad para manipularla.

—Eres despreciable.

—Soy práctico. —Arthur se encogió de hombros—. Tres meses, sobrina. Aunque dudo que encuentres a alguien dispuesto a un matrimonio sin... beneficios. —Sonrió con malicia—. ¿Qué hombre querría una esposa que no puede cumplir con sus deberes conyugales? Estás dañada, Savanna. Nadie se casará contigo.

Savanna levantó la barbilla.

—Te sorprendería lo que puedo lograr cuando me propongo algo.

—¿En serio? —Arthur sonrió—. Entonces sorpréndeme.

—No solo encontraré un marido. —Savanna dio un paso hacia él—. También recuperaré el control total de Hayes Industries, revisaré cada decisión que has tomado en ausencia de mi padre y te sacaré del consejo. Y cuando mi padre despierte, se enterará de todo lo que has intentado hacer.

La sonrisa de Arthur se congeló.

—Disfruta tu whisky, tío. Podría ser el último que tomes en esta oficina.

Savanna giró sobre sus talones y salió, dejando a Arthur inmóvil, con el vaso a medio camino de sus labios.

—Niña estúpida —murmuró él cuando la puerta se cerró—. Igual de ingenua que tu padre.

El recuerdo se desvaneció mientras Savanna conducía bajo la lluvia torrencial. Golpeó el volante con fuerza.

—¡Maldito seas, Arthur!

Desde que su padre había quedado en coma tras el accidente de avión, su tío había maniobrado para tomar el control. Primero fueron "sugerencias", luego presiones sutiles, y ahora este ultimátum.

Savanna era hija única, y tras perder a su madre por cáncer dos años atrás, se había convertido en la cabeza de la familia Hayes.

Una responsabilidad que Arthur quería arrebatarle.

—Seguro manipuló al consejo —murmuró mientras aceleraba—. Les habrá mostrado informes falsos, números alterados. Siempre ha querido la empresa para él.

Un relámpago iluminó el cielo nocturno. La lluvia caía como una cortina sobre el parabrisas.

—Mateo tiene que encontrar a alguien. Cualquiera servirá. —dijo mientras ajustaba el limpiaparabrisas a máxima velocidad—. Un matrimonio de conveniencia, un contrato temporal...

Entrecerró los ojos al notar algo en la carretera adelante.

Una forma oscura.

A medida que se acercaba, distinguió una silueta humana tambaleándose en medio del camino.

—¡Mierd4!

Pisó el freno con fuerza.

El auto derrapó sobre el asfalto mojado y aunque logró detenerse antes de golpearlo directamente, vio con horror cómo la figura caía pesadamente sobre la carretera. Savanna se quedó paralizada, aferrada al volante con los nudillos blancos, mientras su corazón martilleaba en su pecho.

—¿Lo maté? Dios mío, ¡¿maté a alguien?!

Tragó saliva.

—No, no... yo no lo vi. Salió de la nada.

Se giró hacia la puerta pero se detuvo. Una parte de ella quería huir, evitar problemas, más complicaciones en su vida ya caótica.

—No. —Negó con la cabeza—. Hiciste un juramento, Savanna. Prometiste ayudar, no importa quién sea.

Abrió la puerta y la lluvia la empapó instantáneamente. Sus Louboutin pisaron el asfalto mojado mientras caminaba hacia el frente del auto, los faros iluminaron a un hombre tendido en el suelo. Se arrodilló junto a él, con las manos temblando mientras buscaba el pulso. La lluvia lavaba el rostro del desconocido, revelando facciones marcadas, una mandíbula fuerte, cabello oscuro pegado a la frente.

Era innegablemente atractivo, incluso en estas circunstancias.

Sin embargo, su mirada profesional bajó, examinando el cuerpo. Entonces lo vio: una mancha oscura expandiéndose en su costado.

—Por Dios... —Tocó la herida y sus dedos se mancharon de rojo—. Estás herido... necesitas atención médica. Además, es una herida fea.

Miró alrededor y la carretera estaba desierta, solo lluvia y oscuridad. Y el hospital más cercano quedaba a casi una hora.

—Tendré que llevarte yo misma.

Con esfuerzo, logró arrastrar al hombre hacia el auto, pero era demasiado pesado.

—¿Por qué tienes que pesar tanto? —gruñó mientras lo empujaba al asiento trasero.

Una vez dentro del vehículo, arrancó y marcó un número en su teléfono.

—¿Jodie? Envía a Miguel con mi maletín médico del consultorio. Necesito suero, antibióticos, material de sutura y analgésicos. Todo listo para cuando llegue.

—¿Qué pasó ahora? —La voz de Jodie sonaba alerta a pesar de la hora—. La última vez que me llamaste así de alterada fue cuando rescataste ese gato callejero que resultó ser de la señora Peterson.

—Es un hombre herido, Jodie. Y no lo atropellé... exactamente.

—Dios mío, Savanna. ¿Sabes que existen hospitales, verdad? Lugares con personal médico que no son tu penthouse de Central Park.

—No hay tiempo. Está perdiendo sangre y... —Savanna miró por el retrovisor. El hombre seguía inconsciente—. Hay algo raro en esa herida. No parece un accidente.

—¿Estás diciendo que recogiste a un extraño en medio de la tormenta? ¿Y si es un criminal?

—Es un paciente, Jodie. Y soy médico.

—Bueno sí, pero no es obligado que…

—Envía lo que te dije—Savanna aceleró—. Estaré en casa en veinte minutos.

Colgó antes de que Jodie pudiera protestar más. Miró nuevamente por el retrovisor y el desconocido se movió ligeramente.

—Aguanta —murmuró—. No sé quién eres ni qué te pasó, pero no voy a dejarte morir.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
capítulo anteriorcapítulo siguiente
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
ILiana FerreiraBuen comienzo, el tío es un desgraciado
Escanea el código para leer en la APP