Al ver a Beck retorciéndose en el suelo, convulsionando por el dolor del vínculo roto, solté una risa fría.
Ese sufrimiento, ¿qué era comparado con la herida que me había dejado en el alma?
Creí que, al menos ahora, recordaría nuestro contrato.
Pero no. Un segundo después me sujetó con furia, y con voz tensa, conteniendo la rabia, me advirtió:
—¿Clara, de verdad quieres verme humillado?
—¿Cuándo te volviste tan cruel?
—¿Me haces quedar mal en público? ¡Dime qué sucio truco usaste para romper nue