Felipe
El domingo, que debería ser el marco de mi resurrección, se convirtió en una cacería frenética por mi ciudad. Conducía la camioneta como si estuviera en un rally, con los dedos apretando el volante con tanta fuerza que los nudillos estaban blancos. El cuero del volante crujía bajo mi furia, pero nada acallaba el grito silencioso de culpa que resonaba en mi pecho.
En el asiento del acompañante, las zapatillas pequeñas y solitarias de Kamila me miraban, un recordatorio silencioso de que