Felipe
Tener a Kamila de vuelta en mis brazos era como intentar sostener el sol con las manos desnudas; esperaba quemarme, pero, en cambio, fui iluminado. Mientras la guiaba fuera de aquel cuartucho apretado de la oficina, nuestras manos entrelazadas parecían un eslabón de acero que ni el tiempo, ni la distancia, ni mi propia estupidez podrían romper nuevamente.
El trayecto hasta la escalera que llevaba al segundo piso —donde estaba mi casa, mi refugio solitario por encima del olor a aceite y m