—De todas formas, era demasiado rojo, así que solo te ayudé a quitártelo —dijo Bailey mientras conducía. Intentó ocultar una sonrisa burlona, pero los ojos le brillaban de alegría.
Ese era el día más feliz de su vida. Desde la muerte de sus padres, no pensaba en otra cosa que no fuera el trabajo. El peso de sus responsabilidades lo agobiaba tanto que nunca tenía tiempo para sentirse feliz. Pero a partir de ese día, le bastaba tenerla a su lado para ser feliz.
—Llegamos. Puedes estacionarte aquí,