—Ah... sigue así... qué rico...
Zoey recibió su miembro con avidez; lo chupó con fuerza y lo empapó de saliva. Sus pequeñas manos bajaron y apretaron con cuidado los testículos, contraídos por la intensa emoción y el deseo creciente. Su erección se estremeció contra la lengua de Zoey y ella, juguetona, le dio un mordisquito.
—¡Ah...!
Bailey gimió cuando sus dientes apenas lo rozaron. La sensación le provocó una violenta oleada de placer y un calor embriagador por todo el cuerpo.
—Cariño... me vu