El celo de un lobo macho no era tan fácil como se imaginaba, y eso era algo que Dante sabía bien. Lo que más odiaba era lo mucho que dolía y lo devastado que quedaba después. Y aunque ahora era un lobo enlazado nunca le pediría a su compañero pasar su celo junto con él. La razón muy fácil: estaba seguro que lo tomaría tan fuerte y tan profundo, lo mordería tanto y devoraría a tal punto que sería él el que no se pudiera levantar en varios días después.
Y no se arriesgaría.
Incluso había preparad