John
—Sabes tan deliciosa —gemí, una y otra vez, mientras saboreaba su frescura. Lexi era lo más exquisito que había probado jamás, y no podía saciarme de adorar su coñito apretado y pequeñito.
—Qué se siente tan bien —gimió ella. Sabía que nunca había dejado que nadie la tocara con los dedos ni la comiera, y que yo era el primer hombre que le provocaba esas sensaciones por todo el cuerpo. Aquello me llenó de orgullo y posesión.
—Adoro besarlo, cariño. Eres tan dulce —dije, enterrando la cara e