La mujer sostuvo el documento frente a todos con las dos manos.
Antes tenía que pedir que alguien me dijera qué estaba firmando, explicó. Ahora puedo leerlo sola.
Durante unos segundos, nadie dijo nada.
Después comenzaron los aplausos.
No fueron aplausos ruidosos ni desordenados, sino una muestra de respeto que hizo que la mujer bajara la cabeza, emocionada. Había llegado a las primeras clases de Carolina convencida de que era demasiado mayor para aprender. Durante semanas apenas se atrevió a s