Entre la patria y la democracia

Entre la patria y la democraciaES

Ignacio Ariel Montaño  Completo
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Resumen
Índice

El gobierno nacional de Don Hipólito Yrigoyen no tiene una gran aceptación popular y sus funcionarios lo saben muy bien. La infiltración en el Ejército del joven Bartolomé Craviotto es la única esperanza que tiene el gobierno para poder frenar un golpe de estado anunciado.

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Capítulo uno
Bartolomé Craviotto, joven de diecinueve años, estaba caminando de regreso a su hogar. Su padre había decidido que, luego de la victoria de Yrigoyen en las elecciones de 1928, se tomaría un descanso del trabajo, principalmente porque las calles de Capital Federal iban a ser turbulentas, difíciles de transitar con un clima tenso. Paró frente a un almacén en donde iba a comprar un diario para su padre. Había variedad, pero eligió el de siempre. -Buenos días, señor Del Pino –Saludaba Bartolomé a Rubén Del Pino, un amigo de su familia. -Caballero –contestaba mientras se sacaba el cigarrillo de la boca-. ¿Cómo anda? -Yo muy bien, gracias. -¿Qué te trae por acá? -Necesitaba La Fronda –pidió con una leve sonrisa Justo comenzó a reír. -¿Es para tu padre verdad? -Así es, señor. Justo, entre la cantidad de periódicos, buscó el que le había pedido Bartolomé, La Fronda. Tal peri
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Capítulo dos
Caminito que el tiempo ha borradoque juntos un día nos viste pasar,he venido por última vez,he venido a contarte mi mal. Escuchaba Bartolomé en su profundo sueño. No entendía qué es lo que había ocurrido ni donde estaba.Caminito que entonces estabasbordeado de trébol why juncos en flor… -Una sombra ya pronto serás, una sombra lo mismo que yo –dijo Bartolomé en voz alta sin darse cuenta, mientras se despertaba. Al darse cuenta de que estaba cantando la letra de una canción de Carlos Gardel, se levantó súbitamente. La Radio era lo que estaba escuchando, y en la habitación, estaba observándolo la misma persona que había conocido en el conventillo, el español. -¿Y vos qué hacés acá? –preguntó Bartolomé -Me llamo Arturo. ¿No os acordais? Podrías llamarme por mi nombre –se quejaba-. Por cierto, a mí también me gusta Gardel. Bartolomé estaba perdiendo la paciencia. Había recibido un golpe que lo dejó inconsciente y
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Capítulo tres
Bartolomé caminaba por las calles del Barrio de la Boca. Un barrio que le resultaba de lo más atractivo y quizás, simbolizaba con mucha firmeza la dignidad del trabajo, especialmente por la cargas y descargas en los barcos que llegaban a la zona de desembarco del Riachuelo. -Buenos días, señor Craviotto –lo saludaba una persona al pasar mientras alzaba su sombrero. -Buenos días para usted –respondía con una leve sonrisa. Saludarse con los vecinos que a su vez eran compañeros de trabajo, era algo normal para su barrio. Bartolomé, finalmente llegó a su hogar, el Conventillo, el que ya había quedado atrás como vivienda tradicional. En vez de entrar a su habitación donde encontraría a su padre, tomó dos baldes y se dirigió a un pozo donde había una fila de dos personas. Para pasar el tiempo, encendió un cigarrillo, y comenzó a fumarlo. Creía que al terminar de fumar, ya sería su turno. Y efectivamente, así fue.
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Capítulo cuatro
-¿Por qué sos tan misterioso gallego? –preguntaba Bartolomé. Ambos estaban parados en el medio del patio principal del conventillo. Estaban fumando. Arturo lo miraba sorprendido. ¿Qué le habría querido decir? ¿Otra vez habría querido insultarlo? -Disculparme Tano. ¿Qué quisisteis decir? -Venís de España y trabajás para el gobierno nacional. ¿Por qué? ¿Cuántos extranjeros más hay colaborando? Arturo ahora lo entendía. -Quizás más adelante os diga. Pero primero debéis hablar con el Señor Rodríguez. -¿Por qué es tan importante? -Es una persona de la confianza de vuestro gobierno nacional. Bartolomé ponía los ojos hacia arriba y tiraba al piso su cigarrillo para apagarlo. No le caía del todo bien su compañero de habitación, pero poco a poco comenzaba a tolerarlo. -Vos sois un misterio también –dijo Arturo. -¿Yo? -Si, vos. -¿Acaso yo te oculté alg
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Capítulo cinco
Habían pasado dos semanas desde el cumpleaños número veinte de Bartolomé. Sabía que había aceptado un trabajo difícil, pero creía que la suma ofrecida era inigualable. Ganaría más que en cualquier trabajo tradicional. Para su suerte, estaba acomodándose en la vida castrense. Bartolomé estaba en la esquina del conventillo donde vivía, hablando con su nuevo jefe, el señor Lisandro Rodríguez. -Nuestro objetivo es Filomeno Díaz. Es un subteniente de la confianza del General Uriburu. Sospecho que es quien hace el trabajo de adhesión. -¿Adhesión? -Exacto querido amigo. Se encarga de atraer a la muchedumbre. Bartolomé miraba sin entender. No tenía experiencia trabajando de espía, no era algo que se imaginó alguna vez. -¡El se encarga de sumar personas a su causa revolucionaria! –se impacientaba el señor Rodríguez. -¿Y qué tengo qué hacer? -Pues, ganar su confianza. Que te haga entrar en las reunio
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Capítulo seís
Arturo estaba manteniendo una conversación con su compañero de piso en la habitación donde vivían. Su padre no estaba presente debido al trabajo. Sin embargo, la ausencia que más le llamó la atención a Bartolomé fue la de Nélida, la criada. -¿Y la criada? –preguntó Bartolomé. -No sé, creo que tenía una reunión familiar. Mañana viene. -Ah. Arturo veía en Bartolomé cierta preocupación por la criada. No tendría forma de saber que había pasado algo entre ellos, pero aún así, sospechaba, como si fuera un detective. -¿Os pasa con vuestra criada? -No, nada. Solo quería saber dónde estaba, es todo. -Según mi juicio, ella os interesa por algo más que solo simple información de su paradero. -Dejate de embromar gallego. Arturo prefirió dejar el tema de conversación para otro mejor momento. No quería causar la molestia en Bartolomé. Así solo lograría distanciarse de él. -Y decim
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Capítulo siete
Bartolomé se encontraba en un bar hablando con Rodríguez. Ambos estaban bebiendo un café. -Así que dígame, Sr. Craviotto. ¿El subteniente lo espera en la Pulpería Hernández a las siete de la tarde? -Así es. -¿Y le dijo que fuera solo? -Cierto. -Interesante –concluía Rodríguez mientras suspiraba. El ambiente no era para nada tenso, pero Rodríguez igual se preocupaba. Lo ideal hubiese sido que pudiera ser acompañado por Arturo. -¿Y usted qué piensa hacer? –Preguntaba su jefe. -No lo sé. Eso le iba a preguntar. ¿Qué debería hacer? Rodríguez sonreía. Se daba cuenta que Bartolomé, si bien era muy testarudo en algunas cosas, difícil para aceptar las propuestas, era un hombre fiel, un hombre de palabra. Sabía que podía confiar en él y por eso lo había querido para el trabajo. -Tiene dos opciones. La primera, anotarse las cosas importantes que Filomeno pueda decir.
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Capítulo ocho
El mozo traía un mini barril de madera con bebida dentro. Bartolomé no sabía bien qué bebida era, pero para hacer un buen papel, debía tratar de no rechazarle nada a su subteniente. -Un poco de vino no nos va a hacer mal, Sr. Craviotto –dijo Filomeno. Bartolomé sintió cierto alivio. El vino no le disgustaba así que no iba a tener que consumir algo por la fuerza. Filomeno sacó uno de sus cigarros avanti. Bartolomé no estaba acostumbrado a ello. Solo fumaba cigarrillos comunes y corrientes ya que no costaban tanto dinero. Luego, el subteniente encendió su cigarro y fumando dirigió su mirada hacia Bartolomé. -¿Quiere uno? ¿Qué hago? Si digo que si, quedo como un confianzudo. Si digo que no, lo estoy rechazando. Era su gran duda. -Claro –respondió Bartolomé en un tono vergonzoso. El subteniente le extendió uno, le dio una cajita de fósforos y lo encendió. Los dos estaban fumando con copas de vi
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Capítulo nueve
El Sr. Rodríguez estaba impaciente. Esperaba a Bartolomé hacía más de una hora en una esquina. Siempre fue puntual en las reuniones que tuvieron. Le llamaba la atención. Para su suerte, pudo visualizar la caminata de Bartolomé. Eso lo tranquilizó por completo. Tenía miedo de que le hubiesen hecho algo. -¿Por qué llega tarde? –Le recriminó apenas llegó- Me he tomado tres cafés esperándolo. -Se me pasó. Estaba muy cansado y me desperté un poco más tarde de lo habitual –explicaba. Y era verdad. Bartolomé estaba agotado. El Ejército le demandaba un esfuerzo físico que cansaría a cualquier persona. Pero el agotamiento de Bartolomé era más mental que otra cosa. Tenía miedo a que algo fallara, quería que todo saliera perfecto para no sufrir ninguna consecuencia negativa. Rodríguez dudaba pero no le dio importancia. Solo quería conversar con él para saber qué ocurrió con Filomeno. -¿Y…? –preguntaba Rodríguez esperando que
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Capítulo diez
Eran las ocho de la mañana. El ambiente era triste. Hacía frío y el viento terminaba de decorar esa tenebrosidad. El Sr. Rodríguez se había ofrecido para financiar el entierro y mantenimiento de Eugenio. Además, financió el traje que Bartolomé debía usar para despedir a su padre. Se encontraban Rodríguez, Bartolomé, Arturo y otros colegas que trabajaban para el Jefe. No había abundancia de gente. Los familiares de Bartolomé, en su mayoría, vivían en otras provincias y debía avisarles de lo sucedido. -Lo siento mucho, Tano –le hablaba Arturo manifestando su pésame. Bartolomé lo aceptó, al igual que aceptó el de Rodríguez y todos los que estaban allí presentes. Se notaba que Bartolomé estaba triste. Pero también estaba enojado. Miraba a cualquier lado pensando en cualquier cosa para despejar su mente, pero era inútil. El sabía que era lo que ocupaban sus pensamientos. -¿En qué estáis pensando? –preguntaba Arturo. -E
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