Mundo ficciónIniciar sesión—¡Vamos por la toma quince, Chloe, y sigues actuando como una estatua sin vida!
La voz del director Han estalló por los altavoces del estudio de Vance Pictures. Cientos de personas que trabajaban en el decorado, construido a un costo millonario, se quedaron de golpe en absoluto silencio. Chloe Adams permanecía en medio del escenario, envuelta en un pesado vestido de seda que se abría a su alrededor; su rostro ardía de la vergüenza bajo los potentes focos.
—Director Han, ¿podríamos repetirla una vez más? —alcanzó a decir ella con voz temblorosa, luchando por contener la rabia ante decenas de miradas.
—¡Sin Victoria este proyecto ha perdido su alma! —la cortó el director Han con brusquedad, arrojando el guion sobre la mesa de control—. Este papel fue escrito para una actriz de primera, capaz de transmitir profundidad emocional. No para alguien que solo aporta buena apariencia y publicaciones en redes sociales.
Los murmullos cargados de burla recorrieron al instante al equipo de iluminación y cámaras. Todos en aquel estudio sabían perfectamente que Chloe había obtenido el papel protagonista no por su talento, sino por la influencia directa del propio director general.
—¿Qué ocurre aquí?
Una voz fría y autoritaria cortó la tensión. Julian Vance entró en el plató con su impecable traje negro. Sin embargo, las ojeras bajo sus ojos y su semblante demacrado no lograban ocultar una verdad: no había dormido en paz desde la partida de Victoria.
Al verlo llegar, la expresión de Chloe cambió por completo. Adoptó un rostro de inocencia y agravio, corrió hacia él y, con los ojos llenos de lágrimas fingidas, intentó tomarle del brazo.
—Julian... el director Han me humilla una y otra vez y me compara con la señorita Victoria delante de todo el equipo —se quejó ella con tono meloso y afectado—. Lo hace a propósito para que parezca que no sirvo.
Julian miró la mano de ella sobre su manga y, con lentitud, se la apartó suavemente, sin mostrar el menor rastro de afecto.
—El director Han es el mejor profesional de este estudio, Chloe —le dijo con frialdad—. Si dice que tu actuación es insuficiente, significa que debes esforzarte y aprender. No quejarte.
Chloe se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos, sin dar crédito a lo que oía. —¿Julian? ¿No vas a defenderme?
Julian no respondió. Se apartó de ella y se acercó al director Han, que permanecía junto a los monitores. —¿Cómo marcha el trabajo hoy, director Han?
—Muy despacio, señor Julian —respondió él sin rodeos, soltando un largo suspiro—. Chloe es incapaz de transmitir ni la emoción más básica. Si esto continúa, recomiendo detener la producción. No pienso arriesgar mi reputación por las ambiciones de una recién llegada.
Esas palabras golpearon lo más profundo del orgullo de Julian. Siempre había creído que el éxito de cada película de Vance Pictures se debía por entero a sus cálculos comerciales y a su gestión estratégica. Pero ahora, contemplando aquel plató costoso estancado y vacío sin el talento de Victoria, empezó a comprender la magnitud del hueco que su esposa había dejado al marcharse.
Su teléfono vibró con fuerza en el bolsillo: su gerente le insistía en que sintonizara una transmisión en vivo desde Bali. Julian ordenó de inmediato que la señal se proyectara en la pantalla grande del estudio.
En la pantalla apareció el majestuoso escenario de Dirgantara Pictures en Bali. Allí estaba Victoria Roy, elegante y serena con un sencillo vestido color crema, junto a Gibran Dirgantara y al director Jean-Luc, galardonado en Cannes y originario de Francia. Su porte, la gracia natural de la verdadera Reina de la Pantalla, brillaba con luz propia sin necesidad de adornos excesivos.
—Nos complace anunciar oficialmente que el proyecto internacional La Última Emperatriz será protagonizado por Victoria Roy —declaró Gibran ante decenas de periodistas de todo el mundo.
Una ovación estruendosa llenó el aire.
Un periodista internacional se puso de pie y tomó la palabra. —Señorita Victoria, se ha difundido la noticia de que Vance Pictures la desplazó para dar paso a una nueva actriz. ¿Qué opina al respecto?
El silencio se hizo absoluto en la sala de prensa. Y también en el estudio de Vance Pictures, donde todos contuvieron el aliento. Julian apretó los puños dentro de los bolsillos, con la mirada fija en la pantalla.
Victoria miró directamente a la cámara, como si pudiera atravesar la distancia y sostenerle la mirada a Julian, que la observaba desde lejos.
—Me marché no porque me desplazaran —dijo ella con voz clara, serena y llena de dignidad, sin rastro de amargura—. Me marché porque comprendí que la verdadera corona de una actriz se mide por su talento y su dignidad, no por las decisiones de una empresa. Aquí no tengo que ceder jamás ante estrategias comerciales de nadie.
Los aplausos estallaron con fuerza al otro lado de la pantalla.
En el silencio helado del estudio, Julian se quedó petrificado. No apartaba la vista de Victoria, que sonreía libre y radiante. Ella no lloraba su ausencia ni se lamentaba por lo ocurrido; volaba alto, dejando atrás a Julian junto con los escombros de sus propios errores.
El teléfono volvió a vibrar en su mano, seguido del incesante sonido de llamadas entrantes del equipo financiero, que empezaba a entrar en pánico.
—¡Señor Julian! ¡Los bancos y los principales inversores exigen una reunión urgente esta misma tarde! —le dijo su gerente con voz alarmada desde el otro extremo de la línea.
Julian apagó la pantalla con dedos temblorosos. Frente a él, Chloe lo miraba con expresión entre preocupada y ofendida, mientras el equipo comenzaba a susurrar entre sí, cuestionando el futuro del estudio. La tormenta provocada por la partida de Victoria acababa de descargar con toda su fuerza sobre Vance Pictures, y la caída de su imperio daba comienzo oficialmente.







