—Ese infeliz nunca me agradó —confesó finalmente, cruzándose de brazos con desprecio—. Tenía cara de mantenido profesional.—¿A usted tampoco? —pregunté mirándolo con incredulidad—. ¿Y por qué demonios nadie me lo dijo antes?—Cada vez que venía a buscarte a la oficina era para pedirte dinero, exigir favores o conseguir que le resolvieras algún problema de adulto que no sabía manejar. Nunca lo vi preocupado por cómo estabas tú, a menos que tu tarjeta de crédito estuviera ardiendo.Una vergüenza amarga me recorrió el cuerpo. Al parecer, todos habían notado aquel comportamiento, mientras yo seguía cegada por la estúpida ilusión del amor romántico.—¿Acaso usted y Leandro se aliaron para hablar mal de Mateo a mis espaldas? —pregunté, intentando bromear.—Soy hombre, Lara. Los hombres conocemos demasiado bien a los de nuestra especie —añadió con naturalidad.—Pues su especie cada día decepciona más de lo previsto —respondí mientras me ponía de pie—. A este paso terminaré pidiendo asilo en
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